viernes, 2 de marzo de 2012

Mapas antiguos

Carta universal de Juan de la Cosa, 1500.

Mapa de Waldseemüller, 1507.

Billetes mexicanos





El origen ideológico y gráfico de nuestro alfabeto.


El origen ideológico y gráfico de nuestro alfabeto.

Cerámica con inscripciones del alfabeto griego.
Ante las evidencias no cabe más que agachar la frente, admirar la obra y felicitar el mérito. Hoy hemos encontrado uno de esos artículos por los que postulamos en nuestro blog. La divulgación debe ser una tarea igual o más meditada que la propia investigación, porque conlleva un doble proceso intelectual: la comprensión de lo estudiado y la plasmación por escrito, pero de forma lo suficientemente comprensible como para que el público en general pueda disfrutar de la lectura. Hoy hemos optado por recoger la publicación de una página que también se dedica a esta bonita tarea.
En esta ocasión “http://cienciaparatontos.blogspot.com” (cuyo título, no obstante, critico y sanciono a título individual), nos ofrece un texto que intenta explicar un tema de gran interés. A lo largo de sus líneas descubriremos cómo la realidad espacial inspiró a las primeras civilizaciones “históricas” del oriente próximo las ideas que posteriormente se materializarían en un lenguaje escrito que alumbraría nuestro actual alfabeto. En otras palabras, lo que venimos aquí a presentar es la historia, el origen, la vida oculta de las letras con las que, mismamente, escribimos esta breve entradilla.
Espero que sea de vuestro agrado. Un cordial saludo a la comunidad Histérica.
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Fuente: http://cienciaparatontos.blogspot.com/2011/11/letras-para-tontos-con-inquietudes.html
“Nuestras letras modernas descienden de la escritura jeroglífica de las civilizaciones antiguas. En particular de la egipcia. Prácticamente todos nuestros caracteres se pueden encontrar en un jeroglífico. Y sin embargo no somos capaces de reconocer ninguno de ellos. ¿Por qué?
Los sistemas de escritura se suelen dividir en ideográficos y fonológicos. Es decir, en ellos un dibujo es capaz representar una idea completa o un único sonido. Entre estos dos extremos de complejidad se han desarrollado todos los alfabetos que ha inventado la humanidad. Existen los silábicos, los consonánticos, etc. Ninguna ortografía se libra de tener un cierto carácter ideográfico o fonológico. Por ejemplo nosotros seguimos escribiendo ‘hombre’ con H porque en latín primitivo la H de ‘homo’ sí que se pronunciaba, y la razón de que la conservemos no es filológica, sino ideográfica: estamos acostumbrados a encontrar una H para reconocer la palabra visualmente. Una lectura en diagonal de un texto que contenga frases como “un ombre be a su ijo” nos cuesta entenderla, no por las faltas de ortografía, sino por la falta de costumbre de encontrar algo así. Esto hoy en día nos parece tonto, pero durante la Edad Media, Renacimiento y Edad Moderna los únicos textos de valor de los que se disponía estaban escritos en latín, donde se veía “homo” con H, “videre” con V y “filius” con F. Era necesario intentar ser fiel en la escritura de los nuevos idiomas con el latín que usaban los clásicos. Va en la cultura de un pueblo ser conservador o reformista con la ortografía. Idiomas como el francés han conservado muchas más letras latinas aunque no las pronuncien (p.ej. “doigt” se pronuncia simplemente “duá” pero conserva la G y la T de “digitus”). Palabras como “figuera”, “filio”, “fava”, conservadas en catalán, perdieron el sonido de la F en castellano, y ante la desazón que provocaba el vacío pusieron allí una H. El italiano fue más radical y aceptó “ora”, “erba”, “emorragia”…
Los mismos egipcios se dieron cuenta de que la escritura puramente ideográfica presentaba graves problemas a la hora de expresar conceptos complicados. Es fácil dibujar “el jefe caza un buey”, pero para “tengo miedo” o “Marco Antonio quiere a Cleopatra” había que recurrir a metáforas que no siempre eran entendidas por las generaciones siguientes. El amor para nosotros reside en el corazón, pero otros pueblos lo situaron en el estómago, y llegará un día en el que los enamorados grabarán en un árbol sus nombres embarcados por un cerebro. La escritura egipcia de las últimas dinastías evolucionó hacia la fonética. Cada dibujo representaba un carácter. ¿Cuál? el inicial de la palabra. Como si nosotros para decir “hola” dibujáramos un hombre, un oso, una ladilla y un avión.
Esta situación se mantuvo así hasta la aparición de la cultura judeocristiana. En ella se ordenaba el segundo Mandamiento que nosotros hemos transformado un poco, pero que para muchos pueblos significa “no harás imágenes”. Por eso las culturas árabes, judaicas, protestantes y demás no hacen representaciones humanas ni de animales. Esta nueva visión (imposición) del mundo supuso prácticamente la extinción de la escritura. En nuestra Europa occidental por ejemplo, la cultura celta la prohibió y los druidas transmitían sus secretos por vía oral. Tenemos enormes lagunas de conocimiento a partir del año 3000 a.C. por culpa de esta pérdida de la tradición escrita.
Pero hubo quien se las ingenió. Si bien las imágenes estaban prohibidas, nadie había dicho nada acerca de hacer rayas, y en el Sinaí encontraron la manera de evocar las imágenes por medio de rayas simples. Cojamos un ejemplo: la letra A se representaba por un toro. Era el aleph, el símbolo de la fuerza. El símbolo  no se podía representar ya, pero ¿qué es lo más característico de un toro? Sus cuernos, ¿no? Bueno, pues se puede dibujar algo así . Y de ahí a  había un paso. Después ya el tema de la orientación horizontal o vertical del carácter fue una cuestión de estilo. Pero la transformación hacia la abstracción estaba hecha.
La misma historia se puede contar para todas las demás letras. Vamos a ello:
- La A. (ya comentada), el aleph  da .
- La B. Es la casa, , casi siempre con puertas , y de ahí .
- La C y la G son inicialmente la misma letra. Los romanos necesitaron distinguirlas para adaptarlas a su fonética y a una de ellas le añadieron un palito transversal. La C es el camello, el “camel” también pronunciado “gamel” que dio “gamma”. ¿Qué es lo más característico de un camello? la joroba. Bueno, pues aquí la tenemos . La representación más rectilínea dio la gamma . Insisto, olvidaos de la orientación.
- La D. Es la puerta. Inicialmente se representa  pero por identificación con la puerta púbica (sí, sí, el triángulo, la matriz) se pasa a representar . Qué cochina es la D.
- La E. Es la oración. Un hombre rezando  acaba siendo .
- La FU y V. Es el clavo o la almohada de la antigüedad , por extraños motivos algunos dibujos se inclinan y hacen .
- La H es la barrera . Está clara la evolución.
- La IJ y Y son deformaciones de la misma letra, el yod, un híbrido entre I y J. Dicen que en el catalán de Barcelona se puede escuchar la yod al pronunciar Valls por ejemplo. El yod es el brazo  que se solía representar con la palma de la mano al final. Cuando se prohibió dibujar brazos se quedó el palo solo.
- La K es la mano.  da .
- La L, el látigo.  se convirtió en .
- La M es el agua, o el mar. En casi todos los idiomas del mundo el mar empieza por la letra M. ¿Lo más característico? las olas.  y luego . Es bonita la M.
- La N es la serpiente, y sobre todo la serpiente que levanta la cabeza: la cobra.  da .
- La O es el ojo (oyin). Curiosamente en los jeroglíficos no se representaba por un círculo, sino por  o por . Cuando se prohibió representarlo se pasó a la O que conocemos.
- La P es la boca. Difícil verla en . La escritura tiende a estilizarse para hacer . Una letra complicada.
- La Q. Un misterio. Representa el mono y se dibuja .
- La R. Esta es bonita, es la cara . Está clara la reducción iconográfica.
- La S. Cuesta imaginar que era un diente, un molar probablemente . Pasó a  y de ahí se quedó sólo en las curvas. Es más fácil ver la evolución a la sigma griega .
- La T es la cruz o la marca, signo utilizadísimo mucho antes que los cristianos.  o se estilizaron perdiendo un palo.
Y ya está. Otro día, ¡los números!

martes, 6 de diciembre de 2011

Blancanieves no era tan buena


Blancanieves no era tan buena
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 04/12/2011

Los cuentos infantiles han llegado hasta nuestros días dulcificados por Perrault, los hermanos Grimm o Disney. les damos la vuelta para sacar su crudeza a partir de una interpretación fotográfica muy personal.

Había una vez un reino entre dos mares en el que siempre lucía el sol. Tenía un primer ministro al que sus amigos -incluidos los más belicosos- retrataban con cara de cervatillo y al que los ciudadanos querían mucho porque sacó al país de la guerra de Mesopotamia y sentó a su mesa a tantas princesas como príncipes, pero sobre todo porque, a pesar de haber nacido en una que llamaban Ciudad del León, él era tan sencillo como un zapatero. Cuestión de talante, decía él quitándose importancia. Cuando los sabios oyeron esa palabra recordaron que talante, como talento, viene del nombre que en griego tenía una moneda de oro.

Saber que todo podía ser cuestión de dinero no enturbió el ánimo de la ciudadanía, hasta el punto de que esa palabra, como muchas otras, pasó a pronunciarse como si fuera esdrújula. A pesar de que el cielo se había ido nublando en los imperios vecinos, en el reino del talante lucía un sol perpetuo. En parte porque era un sol pintado por Miró para atraer turistas y en parte porque el reino vivía dentro de una burbuja que no dejaba pasar las nubes a cambio, eso sí, de hacer que cada vez el aire estuviera más viciado. Fue entonces cuando se prohibió fumar dentro de los palacios.

Todo era de cuento: los atletas ganaban campeonatos incluso en los antípodas, y las gentes cruzaban el mar para ver el milagro de aquel país en el que los prestamistas daban dinero al que se lo pedía y el primer ministro eliminaba impuestos e incluso repartía monedas cuando le sobraban. Tan seguras parecían las cosas materiales y presentes, que los guías del reino decidieron arreglar las pasadas y espirituales. Fue así como los consejeros del reino decidieron crear un ministerio al que le buscaron el nombre más bonito: igualdad. Duró lo que duraron los talentos de oro y terminó alojado en la casa de la sanidad, pero tuvo tiempo de hacer cosas sensatas y, también, cosas extravagantes.

Entre las últimas estaba buscar una solución, política y correcta, para un viejo problema: la crueldad y el sexismo de los cuentos infantiles. Todo quedó en la búsqueda porque los duendes pincharon la burbuja y las palabras dejaron de ser esdrújulas y agudas -paridad, igualdad y volvieron a ser llanas -prima, riesgo, deuda, soberana. El cuento sigue porque los súbditos del reino pusieron a buscar oro a un registrador de la propiedad cuyo mayor mérito era la paciencia. Continuará, pues.

Fábulas aparte, en la primavera del año pasado, pocos meses antes de convertirse en Secretaría de Estado, el Ministerio de Igualdad promovió una campaña para incentivar la lectura entre los niños de relatos que no estuvieran lastrados por los estereotipos, sexuales y violentos, de los cuentos clásicos de la tradición infantil: Barba Azul, La Cenicienta, La Bella Durmiente...

No es una novedad. El maquillaje y la censura forman parte de la evolución editorial de la literatura para niños tanto como la brutalidad de muchas de las peripecias que la nutren. En 1697, un académico francés llamado Charles Perrault recogió en un volumen ocho cuentos -La Bella Durmiente, Caperucita Roja, El gato con botas, La Cenicienta y Pulgarcito, entre ellos- en los que es difícil desligar lo que se le debe a él de lo que él debe a la tradición. Un siglo más tarde, dos hermanos alemanes, los Grimm, publicaron una recopilación que incluía varios de los cuentos del francés en versiones levemente distintas o muy distintas. Si la Caperucita de Perrault termina con la niña dentro del estómago del lobo, la de los Grimm se prolonga hasta la heroica intervención del cazador.

Eso sí, en tiempos de guerra entre Alemania y Francia, esos relatos desaparecieron de las sucesivas ediciones. Lo mismo que hoy es difícil encontrar una recopilación de la pareja de escritores que incluya El judío entre los espinos, un texto que hasta el menos amante de la pedagogía moderna consideraría racista.

Pero los maquilladores no se conforman con ver cómo Perrault salva a la última mujer de Barba Azul, se empeñan en resucitar a todas las esposas degolladas por él. No obstante, los malos no son los únicos en pasar por el quirófano de la cirugía estética. Los buenos también reciben su ración de edulcorante para hacer de las bellas candidatas a Miss Universo y de los jorobados seres que no producen miedo alguno. Ni que decir tiene que el gran cirujano de la narrativa tradicional no surgió de la literatura, sino del cine: Walt Disney, al que Rafael Sánchez Ferlosio -autor de una novela con niño como Industrias y andanzas de Alfanhuí no duda en calificar de "el gran corruptor de menores y la mayor catástrofe estética, moral y cultural del siglo XX".

La comparación entre el Pinocho que Carlo Collodi publicó en 1882 y el que Disney estrenó en 1940 es más que gráfica: el cascarrabias Geppetto se convierte en un anciano tierno con pez y gato; el tiburón, en ballena y el grillo no desaparece para reaparecer más tarde, sino que se transforma en acompañante de la marioneta que nunca termina de llegar a la escuela. Por supuesto, en el cine nunca se vio lo que puede imaginarse en el libro: a Pinocho contemplando su propia muerte como muñeco.

A veces, la cautela va más allá de lo obvio. Así, no faltan los editores que alertan a sus autores del peligro de que los protagonistas de sus libros corran sus aventuras solos, lejos de la mirada de sus padres. Se trata de poner una red pedagógica donde el relato necesita un salto narrativo. Triple y mortal a veces, pero imprescindible: al lado de un adulto no hay historia posible. Adiós a Pulgarcito, Hansel, Gretel, Caperucita y, de nuevo, Pinocho.

"A menudo los que se asustan son más bien los padres. Y estos a su vez asustan al niño", apunta la experta en cuentos de hadas Clarissa Pinkola, autora de una amplísima antología de relatos de los hermanos Grimm y de un trabajo ya clásico del clásico: Mujeres que corren con los lobos. Allí se pregunta por qué los cuentos de todo el mundo recogen originalmente episodios que no ocultan su cara más brutal. Porque, responde, "no es probable que prestemos atención a la alarma si esta se expresa en términos más blandos". El mismo mecanismo, sugiere, que hoy se usa en las campañas contra el consumo de drogas o contra los accidentes de tráfico.

Por supuesto, todo lo anterior no es cosa de niños. Todavía. No cabe relegar en exceso la chispa primera de relatos que terminan cargados de arquetipos y de interpretaciones morales: el hecho de contar, simplemente. Y su efecto primero: el entretenimiento. En un ensayo antológico titulado con una pregunta, ¿Qué quiere un niño?, el filósofo José Luis Pardo comparaba a los personajes de Pinocho y Buzz Lightyear (el astronauta de la película Toy Story) como ejemplos, respectivamente, de muñeco que quiere ser humano y humano que no sabe que es un muñeco. Pardo, además, reflexiona sobre el carácter amoral de los niños. "La célebre y celebrada inocencia de los niños", dice, "no mienta una incapacidad para hacer el mal, no es que los niños sean buenos; su inocencia está cargada de perversidad; no son ni buenos ni malos porque simplemente carecen de conciencia moral, son capaces de cometer las peores maldades sin sentir remordimiento alguno, les falta la conciencia de culpa".

No es lo único, por cierto, que les falta a los niños, esa peculiar especie de animal racional. También les falta, para su felicidad, conciencia de algo que a medida que crecen se convierte en toda una cadena: el hilo argumental. De ahí que puedan entrar y salir de una historia disfrutando de cada instante como si fuera único. De ahí que nunca terminen de escuchar un cuento de una vez por todas. O de ver una película, la forma moderna de los cuentos antiguos. De ahí que sean capaces de leer (o ver) lo mismo una y otra vez. La ventaja de ser inmortal es que el tiempo no existe. El problema es que creen que todos disfrutan de su misma condición. Walter Benjamin, que tanto escribió sobre la figura del narrador tradicional -narrar no es solo un arte, también es un mérito, decía que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que los adultos sean más fuertes, sino su incapacidad para la magia. Tenía razón. Jesucristo no era una excepción: todos los niños creen que sus padres son Dios.

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"Anhelo ser padre" - Pinocho por Juan Diego y Dafne Fernández - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES


"Sueño una vida distinta" - La Cerillera por Ruth Núñez y Marisa Paredes - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"Los niños de las Cruzadas" - El flautista de Hamelín por Alejo Sauras - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"¿Quién es la mala en verdad?" - Blancanieves por Ariadna Gil y Ana Rujas - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"Un felino inquietante y oscuro" - La bella y la bestia por Carlos Bardem y Natasha Yarovenko - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"Las rosas deben ser rojas" - Alicia en el país de las maravillas por Blanca Portillo y María León - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"Fundidos para siempre" - El soldadito de plomo por Paco León y Ana María Polvorosa - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"Con quince años menos" - Caperucita roja por Blanca Suárez - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

"Ella, él y los gemelos" - La bella durmiente por Miguel Ángel Silvestre, Patricia Montero y Alicia Lobo - fotografía de MANUEL DE LOS GALANES

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