miércoles, 26 de mayo de 2010

Una historia sin historia

Una historia sin historia

Raúl Humberto Muñoz Aragón

Cada universo tiene sus iconos, aquellos que lo definen, lo delimitan, lo forman y conforman; en los cuales se refleja, y reflejan a su vez, su esencia nítidamente. Estos universos suelen ser la replica de aquellos donde habita su creador.

En uno de ellos, vieron la luz por primera vez los dos protagonistas de esta historia sin historia, fue en el año de 1940 de nuestro espacio-tiempo. Ambos se encuentran en medio de un universo hartamente poblado por seres fantásticos, con poderes más allá de lo concebible por mentes “cuerdas y sensatas”, algunos de ellos procedentes de mundos tan distantes, algunos inexistentes actualmente; otros exiliados de su mundo natal; algunos más provenientes de las profundidades del mar, dueños de imperios escondidos en las regiones más inhóspitas de nuestro planeta; algunos más humanos que por avatares de la vida han mutado adquiriendo habilidades que los colocan en un nivel superior al común de los mortales.

En su universo hay seres tan poderosos que les ha sido posible navegar entre universos libremente, vivir en ellos aventuras tan riesgosas que a algunos les ha costado la vida… pero después de algunos cuadros, simplemente regresan a su hogar para continuar una vida ardua en aventuras, donde bien y mal se encuentran en una confrontación constante y continua que no termina por definir a un vencedor.

El tiempo ahí viaja a otro ritmo, a veces se acelera y brinca miles de años, al pasado o al futuro, haciendo una telaraña “endemoniadamente” complicada que sólo muy pocos son capaces de entenderla o conocerla, pero que para ellos es su día a día. Es un espacio-tiempo tan sorprendente que incluso el intercambio de aventuras entre dimensiones es una realidad casi cotidiana.

Pero en medio de esta vorágine de personajes disímbolos y multicolores brillan estos protagonistas, y lo hacen porque en conjunto son la suma de tantos posibles de la realidad nuestra y no sólo la de ellos; ambos comparten varias características; tienen como oficio la búsqueda del poder, sin importar quien se oponga o lo que se haya de hacer, a quien se tenga que eliminar; son sanguinarios, déspotas, cínicos, brutales… e inteligentes en grados superlativos; tanto que es difícil encontrar quien pueda superarlos… Ambos son humanos, terriblemente humanos y quizá por ello superan en mucho a aquellos con que les ha tocado compartir su ya mítico universo, humanos o no.

Esto último es el motivo de esta historia sin historia de estos dos protagonistas; Lex Luthor y The Joker, dos caras del hombre, que en su inteligencia sobreponen sus intereses personales a los de los demás… ambos humanos, terriblemente humanos.

Lex Luthor (Alexander Joseph Luthor) carece de poderes sobrehumanos de cualquier tipo, no tiene identidad secreta, su poder se basa en su dinero e inteligencia, es terriblemente orgulloso y vengativo, y carece de principios éticos. The Joker (sin nombre e historia conocidos), un diabólico genio criminal con la apariencia de un payaso, envestido en un traje morado y que acostumbra dejar a sus víctimas con una grotesca sonrisa, no duda en asesinar a quien se interponga en su camino, capaz de engañar a cualquiera.

Hay algunas diferencias entre ambos, por un lado, Luthor (cuya calvicie es emblemática) planea, organiza todo de manera meticulosa, se escabulle entre vericuetos legales, su habilidad es tal que el ser más personaje de su universo (que por cierto no es humano) no ha podido vencerlo y por el contrario, no pudo hacer nada cuando las argucias de Lex lo llevaron a la presidencia de los Estados Unidos.

The Joker (blanco y de cabellera verde) es la bestialidad pura, la inteligencia inconsciente, a quien no importan ni los medios, ni el fin; sólo sacudir el mundo en una carcajada mortal, reír sin necesidad de una razón, reír hasta la muerte. Dueño una personalidad compleja y rica que hacen de él el villano número uno de noveno arte, el octavo en la línea de los más importantes de ese mundo de papel.

Sin duda ambos, The Joker y Lex Luthor son anti-arquetipos que lamentablemente son el reflejo de este mundo tan nuestro, donde hay infinidad de burdas copias de estos “entrañables” villanos.

viernes, 21 de mayo de 2010

De cómo desmentir a dios y no morir en la herejía

De cómo desmentir a dios y no morir en la herejía

Raúl Humberto Muñoz Aragón

…y el hombre dijo, −sea Dios−, y Dios fue a su imagen y semejanza; y al ver que era bueno para dejar en él la carga de sus temores, angustias, esperanzas e ilusiones; olvidó lo dicho y dejó en su creación los motivos para ser.

Desde entonces el hombre se ha encargado afanosamente de la creación de incontables dioses, tantos como han sido necesarios para tratar de menguar en algo la angustia de saberse finito… siempre en la búsqueda de los por qué que la realidad le presenta día a día, encontrar un espacio para un más allá que le justifique este su “más acá” que es lo único que tiene. En ocasiones le basta con un solo dios, otras por el contrario requiere de tantos como sea posible, pues los cuestionamientos no disminuyen, siempre son más, por cada respuesta siempre surgen más preguntas en una espiral constante y continua.

El hombre busca siempre, ese ha sido su mayor afán, uno que viene desde tiempos perdidos ya en la memoria; aún antes de ese “mundo de las ideas” que por obra y gracia de Agustín se transformó en un nuevo Dios, sucesor de aquel que habló con Abraham y que durante casi mil años fue el faro que guió al mundo en un tiempo que aún este último era el centro del Universo.

En toda esta historia; ese periodo de tiempo por nosotros llamado así y su antecedente (la mítica prehistoria que nos llena de imágenes el inconsciente colectivo) el cambio ha sido constante; las visiones son permutadas una y otra vez.

Ha poblado su mundo siempre de aquello que ha anhelado, de seres fantásticos que lo acompañan en este andar, que le significan y le definen como hombre de su tiempo, sea cual fuere este tiempo; aunque habría que ubicar también espacio, pues esa es la magia y dinámica del hombre; que es tantos hombres como culturas hay, como pensamientos, sueños y anhelos.

El encuentro con estas visiones del mundo en ocasiones han sido harto dolorosas, llenando nuestra historia de episodios que aún duelen; caminos iniciados que han quedado truncos al enfrentarse con las opiniones de los otros. Así, valga un solo ejemplo, en la Francia de 1244, en Montsegur, por decreto se extermina a los Merovingios, dejándonos hoy sólo una vaga imagen de su paso por este mundo, un triste bosquejo de su cosmogonía que no alcanzamos a vislumbrar.

Así los posibles son tan diversos que hoy sólo podemos especular con tantos hubiera que se tornan en pensamientos en apariencia inútiles. Las posibilidades de la imaginación y el pensamiento del hombre le han hecho posible el ver lo imposible y al hacerlo lo convierte en realidad, tan tangible como la nada, una nada que nos es tan necesaria para entender y visualizar nuestro todo.

El primer dios que el hombre creó es muy diferente al que hoy hemos ido dibujando; en algún momento sin duda necesitamos de un guía que nos señalara aquello que era bueno o malo; hoy la frontera entre ambos es tan intangible que el dios de la postmodernidad se desdibuja inevitablemente… encerrado en el mundo virtual de hoy en día.

“…Dios dice que la gloria esta en el cielo, que es de los mortales el consuelo a vivir, desmiento a Dios porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo tisu…” así en el amor, que al lado de dios es una de nuestras mejores creaciones, podemos gritar a los cuatro vientos que a veces podemos desmentir a este dios de hoy sin que suene a herejía.

ymahr@yahoo.com

jueves, 29 de abril de 2010

Haciendo universos con pompas de jabón

Haciendo universos con pompas de jabón

Raúl Humberto Muñoz Aragón

Tiempo atrás, mucho antes del inicio del mismo, antes aún de la separación de tierra y cielo, antes de que pronunciara sus primeras palabras… de ese “hágase la luz”, que aún resuena en nuestra cultura; Dios, ese omnisciente que hoy conocemos, era sólo un niño jugando a descubrir su mundo, un mundo donde los posibles eran tales que hacer universos con pompas de jabón era cosa de todos los días, donde los “sinsentido” estaban plenos de sentido y las “sinrazones” eran el punto de partida de la razón que a ser precisos, creo que ese es uno de sus legados a este universo nuestro de todos los días.

No fue el primero en crear un universo. Esta certeza de hoy, es producto de este afán del hombre por divagar, de abandonarse a las ideas; es así como hemos podido atisbar un poco de esa realidad poblada de un número incontable aún de universos; tan diversos, tan extraordinarios, que en su unidad y diversidad están las claves que siempre hemos soñado.

De uno de ellos, aún desconocido, incluso del cual no tenemos una idea de cómo pudiera ser, nos llega la gravedad, esa fuerza primigenia, que esta presente en todo nuestro universo, tan enigmática, que a pesar de ser la primera de la que tuvimos noción es la más desconocida; recién los físicos teóricos de hoy los chamanes del siglo XXI, brujos que se comunican con el “más allá”, un “más allá” que cada día está más lejano han “volteado” a ese otro universo de donde proviene.

La complejidad a la que ha arribado la física teórica de hoy está tan poblada de sinsentidos aparentes, razones que el razonamiento de prácticamente la totalidad de los habitantes de esta “Era del Conocimiento” ni siquiera imagina y mucho menos conoce. La visión que del universo nos plantean la Cosmología, se ha tornado hartamente complicada de entender producto de la búsqueda por explicar el Big Bang, que hoy es clara como el agua para un pequeño grupo de individuos, ha creado una brecha profunda, abismal que los catapulta a estadios antípodas a hombres y mujeres que hoy habitan este pedazo diminuto de su todo. Para millones de personas es más creíble el universo tolomeíco, que si hay duda de lo anteriormente mencionado, baste hojear alguna revista o periódico para encontrar los apartados donde los horóscopos nos dicen que hacer día a día para conservar el favor de la fortuna, encontrar el amor deseado, conservar el trabajo de nuestros sueños o pesadillas, y una múltiple lista de anhelos, sueños, deseos, dando al traste con ese “libre albedrío” que aquel niño hacedor de mundos nos legó por no tener tiempo para fiscalizar nuestro hacer, pues es más divertido jugar a ser Dios.

Caín o Abel… Caín y Abel… binomio que en una dialéctica se repite constantemente en nuestro derredor, desde el momento en que el bipedismos ese primer paso de nuestra especie, obligado por una naturaleza que suele ser la voz caprichosa de un niño que aprendió a ser Dios, inició el camino al que hoy somos. Geocentrismo, heliocentrismo… no tienen sentido en el mundo actual, que, paradójicamente, está poblado de “sinsentidos” a los que las ensoñaciones del hombre le permiten darle sentido, mutando “sinrazón” en su antípoda y siendo la base de lo que hoy creemos, pensamos, decimos, hacemos.

Hablamos que somos el punto más alto del desarrollo del ser humano, que somos producto de épocas y periodos ya superados, sobrepasados infinitamente… a veces los que realmente refleja el ser humano de hoy, tan lleno de “conocimiento”, es que nos encontramos en el umbral de una verdadera época oscura, donde la razón no tiene sentido, pues con eso de que debemos ser “políticamente correctos” y hemos de dejar que cada uno de nosotros tenga su verdad… Falacia absoluta. La verdad no es democrática, simplemente es, más allá de cualquier punto de vista, de concepción moral, de ideario teológico o político…

Hoy, por primera vez, he visto a Dios y veo que es un niño que juega a vivir, a descubrir un mundo que aún le sigue asombrando, que va creando universos y no se muy bien si se de cuenta de ello, o de si le importe más que aprender a pesar de su omnisciencia, que le gusta tener las rodillas del pantalón llenas de tierra y manchas de universo en su camisa.

lunes, 26 de abril de 2010

“Ser pensado” o morir en el intento

“Ser pensado” o morir en el intento

Raúl Humberto Muñoz Aragón

Nada es si antes no ha sido pensado por ese “espíritu” nuestro, intangible, supuesto, pensado a su vez recordándonos inevitablemente la imagen del omnipresente uroboro de toda cultura; ese espíritu que ha de concebir todo lo que en derredor nuestro hay.

Cuando el espíritu humano fue, inició un trayecto que lo ha llevado entre posibles e imposibles, navegado entre ideas y quimeras que le han dado la posibilidad de poblar su mundo creándolo a imagen y semejanza de sus filias y fobias; filias y fobias que aunque parecieran siempre nuevas, en realidad son las mismas, vistas siempre en contextos nuevos.

Los posibles de hoy son los imposibles de ayer; pero cierto es, que de igual modo, los posibles de ayer son los imposibles de hoy; haciendo que el entendimiento pleno de aquellos “ayeres” es cuasi imposible, pues no podemos salirnos de nuestra cultura, que a fin de cuentas es la responsable de que seamos tal cual somos, repitiéndose nuevamente ese uroboro infinito, nosotros, a fin de cuentas, somos los hacedores de esta cultura.

Lo más que podemos aspirar es a realizar algunos acercamientos a cómo fue, no exentos de una gran carga de lo que somos hoy en día. Entenderemos al hombre de ayer con sus ideas, sus realidades y fantasías, siempre con las miras de quien haga la observación; así la visión que hoy tenemos del hombre del Medioevo que a fin de cuentas es sólo el recuento arbitrario de aquello ocurrido entre la caída de dos imperios no es la misma que en su tiempo se pudo tener algún pensador en la Ilustración o incluso la que ellos mismos tenían de sí.

Los posibles entonces son aquellas ideas que el hombre alcanza a entrever gracias a ese espíritu siempre cambiante; algunas veces harto tangible y otras, inevitablemente intangible; que dicta lo que hemos de hacer, el derrotero a seguir, la imagen que hemos de ver.

La visión cambia, hoy nuestros ojos han perdido la habilidad de ver las maravillas de ayer, así elfos, hadas, duendes, unicornios, sátiros, dragones, sirenas y toda una pléyade de seres y hechos fantásticos hoy no tienen cabida, ellos eran ideales en el mundo de ayer, ese que fue el centro del Universo, que estaba soportado por un número infinito de tortugas, una encima de la otra. Hoy los seres fantásticos son un conjunto de instrucciones en un lenguaje binario que muchos ni siquiera sabemos que existe, pero que puebla la “realidad” de hoy, tan poblada de impulsos eléctricos agrupados en “montones” de bytes.

Las ideas, esos “seres pensados” sólo han de ser reales cuando podamos entreverlas, imaginarlas; aunque sea un instante, una fracción; eso es suficiente para broten en toda su magnitud y desplacen poco a poco a las ideas de ayer, fusionándose en ocasiones, devorándolas o aniquilándolas en otras.

Es difícil visualizar mundos diferentes al nuestro, entenderlos en toda su grandeza, lo único a lo que podemos aspirar es a vernos y entendernos en ellos, observar nuestro reflejo en ellos, y quizá, sólo quizá, darnos cuenta de cómo han sido puente y camino que derivó en nosotros.

Es verdad que hay ideas que trascienden, “seres pensados” que caminan libremente entre eones alimentado constantemente el espíritu de hombres y mujeres; quizá esa sea la explicación al menos la que a quien escribe le place pensar por la nostalgia de aquellos dragones y sirenas que hoy llenan bibliotecas reales o virtuales, pues a fin de cuentas, están profundamente ligados a nuestra esencia; aunque el canto de las sirenas de Ulises es muy diferente al que escuchamos al través de nuestros sentidos en éstos tiempos de “conocimiento”.

ymahr@yahoo.com

miércoles, 21 de abril de 2010

Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo

Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo
HANS KÜNG 15/04/2010


Estimados obispos,

Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 1965 los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de llegar a vosotros.

Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el espíritu del Concilio Vaticano II.

Mis esperanzas, y las de tantos católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente no se han cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas:
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas, impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa con la persecución antisemita.
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al Islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así la duradera desconfianza de los musulmanes.
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que estos "anhelaban" la religión de sus conquistadores europeos.
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el sida, admitiendo el uso de preservativos.
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos ámbitos de investigación, como el de las células madre.
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.

Este último punto, estimados obispos, es especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica:
  • Ha readmitido sin condiciones en la Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en aspectos centrales.
  • Apoya con todos los medios la misa medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en latín y de espaldas a los fieles.
  • No lleva a efecto el entendimiento con la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC), sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato.
  • Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.

El Papa Benedicto XVI parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.

Sé que algunos de vosotros padecéis por el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana en su política anticonciliar. Esta intenta sofocar la crítica en el episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un "representante de Cristo" absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones sacerdotales.

Precisamente vosotros, como obispos, lo lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de obispos han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del celibato. La renovación sacerdotal, aunque también la de miembros de las órdenes, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede que ese sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo gigantescas "unidades pastorales" en las que los escasos sacerdotes están completamente desbordados.

Y ahora, a las muchas tendencias de crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos -en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países- ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación para la Fe romana del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los delitos más graves (Epistula de delitos gravioribus) a todos los obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum pontificium, cuya vulneración puede atraer severas penas canónicas. Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió al decano del colegio cardenalicio a levantar urbi et orbe testimonio de su inocencia.

Las consecuencias de todos estos escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras. Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango. Innumerables curas y educadores de jóvenes sin tacha y sumamente comprometidos padecen bajo una sospecha general. Vosotros, estimados obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo, no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por millones de católicos que carecen de voz.
  1. No callar: en vista de tantas y tan graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas de reforma!
  2. Acometer reformas: en la Iglesia y en el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los fieles.
  3. Actuar colegiadamente: tras un vivo debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico. Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no deberíais, estimados obispos, actuar solo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres.
  4. La obediencia ilimitada sólo se debe a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se enfrentó a Pedro y tuvo que "decirle en la cara que actuaba de forma condenable" (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando estas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz presión desde abajo.
  5. Aspirar a soluciones regionales: es frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato, proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no tiene que renunciar automáticamente a su estado si el obispo y la comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución para la Iglesia en su conjunto. Por tanto:
  6. Exigir un concilio: así como se requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar el problema de la reforma, que ha irrumpido ahora de forma dramática. El concilio reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo, burló la curia romana. Sin duda, esta hará ahora cuanto pueda para impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En todos vosotros está la responsabilidad de imponer un concilio o al menos un sínodo episcopal representativo.

La apelación que os dirijo en vista de esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza la autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación de necesidad, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innúmeras personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también en solitario, con "valentía" apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una perspectiva.

Os saluda, en la comunión de la fe cristiana, Hans Küng.

Traducción: Jesús Alborés Rey. Fuente: El país

jueves, 4 de febrero de 2010

De cómo la maravilla torna en triste ilusión óptica

De cómo la maravilla torna en triste ilusión óptica

Raúl Humberto Muñoz Aragón

Un buen día, sin previo aviso, sin saber bien a bien cómo; la Luna deja de seguirnos. No ocurre al mismo tiempo para todos; algunos, los pocos, tienen la fortuna que los acompañe toda la vida, tornándose en hombres y mujeres excepcionales y por ello indispensables; otros, por el contrario, nunca se dan cuenta de que algún día los siguió, lo olvidan rápidamente.

Tiempo ha, la Luna era una consejera que nos acompañaba noche a noche susurrándonos sus historias, inspirándonos ideas que permutarían en motor del conocimiento, un conocimiento que en un inicio fue poblado de múltiples fantasías, ilusiones, quimeras, sueños, leyendas, mitos y temores que nos alientan a saber, a preguntar, a intentar encontrar el misterio que hace, que al pasear por la noche, la Luna nos siga en el camino, haciendo gala de su danza mágica, misma que ha repetido por ya varios millones de años, desde aquel espacio en el tiempo en que desposó a la Tierra haciendo con ella el binomio donde hoy vivimos.

En ocasiones especiales la Luna incluso se nos presenta por el día, compartiendo su danza con el Sol… esto es así, hasta que un día la olvidamos, la dejamos a un lado porque hay que ser personas “serias”; porque nos han enseñado que no es de adultos eso de escuchar sus historias, y más hoy que la omnisciente Internet, en su canto de sirenas, nos engaña ofreciéndonos aparentes respuestas para todo, dejando la idea implícita de que todo esta resuelto, que no hay más que buscar en sus páginas, blogs, podcast, portales y demás hierbas la respuesta que más nos satisfaga, en detrimento de la verdad, pues esta última pareciera haber perdido su valía en el mundo de hoy.

No preguntes, no pienses, no hables, no sueñes… y así hasta el infinito vamos acumulando tanto “no” en la vida que quedamos sin tiempo para verla. Es más importante hacer, aprender a usar un equipo, una herramienta, un programa, tener la habilidad para ensamblar el artículo en turno; estar preparado para ello y sobre todo, estar entrenado para hacerlo repetidas veces, tantas como sea necesario para no pensar, como ese semi-autómata que denunciaba Charles Chaplin en su emblemática “Tiempos Modernos”. El mundo de hoy pareciera que sólo se enfoca en crear hombres máquina, acríticos, preparados para hacer sin cuestionar, cuyo propósito sea sólo el contribuir activamente en un mercado de consumo ávido siempre de compradores, entre más miserables e infelices mejor.

Cuándo nos damos cuenta que la Luna dejó de seguirnos, hacemos a un lado nuestro afán por preguntar, por indagar que ocurre con lo que afuera hay, las maravillas dejan de serlo y se convierte a lo más en meros fenómenos que ya no requieren de explicación, simplemente están, son; es un retorno al mundo geocéntrico de Copérnico, que al recibir el espaldarazo de Aristóteles nos acompañó varios milenios, donde no son necesarias las preguntas.

La premisa hoy es hacer antes de ser. Sólo ello importa, el pensar es peligroso; el saber se ha tornado para algunos un riesgo. Es necesario romper este modelo, cambiar de paradigma, transitar por el mundo de las ideas, esos “seres pensados” que son alimento necesario del espíritu, el verdadero maná del cual han de beber las sociedades y culturas de hoy, de ayer, de siempre.

Defender el statu quo, crear individuos que dejen de ver más allá de sí, que en su obsesión por tener dejen de buscar su esencia es el mayor riesgo para una sociedad, que sin movimiento en sus estructuras sociales estará condenada al fracaso; la educación debe ser el motor de un cambio destinado a romperlo.

Las universidades deben recordarnos que en verdad la Luna si nos acompaña en la noche, dejándonos ver el reflejo del Sol que siempre está presente, aún en la noche más oscura o en el día más nublado; es necesario que nos llenen de dudas, de interrogantes, de misterios antes que de respuestas.

ymahr@yahoo.com

viernes, 11 de diciembre de 2009

Discurso de Doris Lessing

Discurso de Aceptación del Premio Príncipe de Asturias
Doris Lessing, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2007


Érase una vez un tiempo -y parece muy lejano ya- en el que existía una figura respetada, la persona culta. Él -solía ser él, pero con el tiempo pasó a ser cada vez más ella- recibía una educación que difería poco de un país a otro -me refiero por supuesto a Europa- pero que era muy distinta a lo que conocemos hoy. William Hazlitt, nuestro gran ensayista, fue a una escuela a finales del siglo XVIII cuyo plan de estudios era cuatro veces más completo que el de una escuela equiparable de ahora: una amalgama de los principios básicos de la lengua, el derecho, el arte, la religión y las matemáticas. Se daba por sentado que esta educación, ya de por sí densa y profunda, sólo era una faceta del desarrollo personal, ya que los alumnos tenían la obligación de leer, y así lo hacían.

Este tipo de educación, la educación humanista, está desapareciendo. Cada vez más los gobiernos -entre ellos el británico- animan a los ciudadanos a adquirir conocimientos profesionales, mientras no se considera útil para la sociedad moderna la educación entendida como el desarrollo integral de la persona.

La educación de antaño habría contemplado la literatura e historia griega y latina, y la Biblia, como la base para todo lo demás. Él -o ella- leía a los clásicos de su propio país, tal vez a uno o dos de Asia, y a los más conocidos escritores de otros países europeos, a Goethe, a Shakespeare, a Cervantes, a los grandes rusos, a Rousseau. Una persona culta de Argentina se reunía con alguien similar de España, uno de San Petersburgo se reunía con su homólogo en Noruega, un viajero de Francia pasaba tiempo con otro de Gran Bretaña y se comprendían, compartían una cultura, podían referirse a los mismos libros, obras de teatro, poemas, cuadros, que formaban un entramado de referencias e informaciones que eran como la historia compartida de lo mejor que la mente humana había pensado, dicho y escrito.

Esto ya no existe.

El griego y el latín están desapareciendo. En muchos países la Biblia y la religión ya no se estudian. A una chica que conozco la llevaron a París para ampliar sus miras -que falta le hacía- y aunque destacaba en sus estudios, confesó que nunca había oído hablar de católicos y protestantes, que no sabía nada de la historia del Cristianismo ni de cualquier otra religión. La llevaron a oír misa a Nôtre Dame, le dijeron que esta ceremonia era desde hacía siglos base de la cultura europea, y que debería por lo menos saber algo de ello, y ella lo presenció todo obedientemente, tal y como presenciaría una ceremonia de té japonesa, y luego preguntó: "¿Entonces, estas personas son una especie de caníbales?". En esto ha quedado lo que parece perdurable.

Hay un nuevo tipo de persona culta, que pasa por el colegio y la universidad durante veinte, veinticinco años, que sabe todo sobre una materia -la informática, el derecho, la economía, la política- pero que no sabe nada de otras cosas, nada de literatura, arte, historia, y quizá se le oiga preguntar: "Pero, entonces, ¿qué fue el Renacimiento?" o "¿Qué fue la Revolución Francesa ?"

Hasta hace cincuenta años a alguien así se le habría considerado un bárbaro. Haber recibido una educación sin nada de la antigua base humanista: imposible. Llamarse culto sin un fondo de lectura: imposible.

Durante siglos se respetaron y se apreciaron la lectura, los libros, la cultura literaria. La lectura era -y sigue siendo en lo que llamamos el Tercer Mundo-, una especie de educación paralela, que todo el mundo poseía o aspiraba a poseer. Les leían a las monjas y monjes en sus conventos y monasterios, a los aristócratas durante la comida, a las mujeres en los telares o mientras hacían costura, y la gente humilde, aunque sólo dispusiera de una Biblia, respetaba a los que leían. En Gran Bretaña, hasta hace poco, los sindicatos y movimientos obreros luchaban por tener bibliotecas, y quizás el mejor ejemplo del omnipresente amor a la lectura es el de los trabajadores de las fábricas de tabaco y cigarros de Cuba, cuyos sindicatos exigían que se leyera a los trabajadores mientras realizaban su labor. Los mismos trabajadores escogían los textos, e incluían la política y la historia, las novelas y la poesía. Uno de sus libros favoritos era El Conde de Montecristo. Un grupo de trabajadores escribió a Dumas pidiendo permiso para emplear el nombre de su héroe en uno de los cigarros.

Tal vez no haga falta insistir en esta idea a ninguno de los aquí presentes, pero sí creo que no hemos comprendido todavía que vivimos en una cultura que rápidamente se está fragmentando. Quedan parcelas de la excelencia de antaño en alguna universidad, alguna escuela, en el aula de algún profesor anticuado enamorado de los libros, quizás en algún periódico o revista. Pero ha desaparecido la cultura que una vez unió a Europa y sus vástagos de Ultramar.

Podemos hacernos una idea de la rapidez con la cual las culturas son capaces de cambiar observando cómo cambian los idiomas. El inglés que se habla en los Estados Unidos o en las Antillas no es el inglés de Inglaterra. El español no es el mismo en Argentina o en España. El portugués de Brasil no es el portugués de Portugal. El italiano, el español, el francés surgieron del latín, pero no en miles sino en cientos de años. Hace muy poco tiempo que desapareció el mundo romano, dejando tras de sí el legado de nuestras lenguas.

Representa una pequeña ironía de la situación actual que gran parte de la crítica a la cultura antigua se hiciera en nombre del elitismo; sin embargo, lo que ocurre es que en todas partes existen cotos, pequeños grupos de lectores de antaño, y resulta fácil imaginar a uno de los nuevos bárbaros entrando por casualidad en una biblioteca de las de antes, con toda su riqueza y variedad, y dándose cuenta de pronto de todo lo que se ha perdido, de todo de lo que -él o ella- ha sido privado.

Así pues, ¿qué va a pasar ahora en este mundo de cambios tumultuosos? Creo que todos nos estamos abrochando los cinturones y preparándonos.

Escribí lo que acabo de leer antes de los acontecimientos del 11 de septiembre. Nos espera una guerra, parece ser que una guerra larga, que por su misma naturaleza no puede tener un final fácil. Sin embargo, todos sabemos que los enemigos intercambian algo más que balas e insultos. En España quizás sepan esto mejor que nadie. Cuando me siento pesimista por la situación del mundo, a menudo pienso en aquella época, aquí en España, a principios de la Edad Media , en Córdoba, en Granada, en Toledo, en otras ciudades del sur, donde cristianos, musulmanes y judíos convivían en armonía; poetas, músicos, escritores, sabios, todos juntos, admirándose los unos a los otros, ayudándose mutuamente. Duró tres siglos. Esta maravillosa cultura duró tres siglos. ¿Se ha visto algo parecido en el mundo? Lo que ha sido puede volver a ser.

Creo que la persona culta del futuro tendrá una base mucho más amplia de lo que podemos imaginar ahora.