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lunes, 18 de agosto de 2014

Entre ideas y realidades / Raúl Humberto Muñoz Aragón


La realidad es plena, en ella se encuentran afanes y querencias para cada ser humano que ha transitado o transita por la cotidianidad que le ha tocado vivir. Alimenta los sueños, nutre el espíritu, plantea retos siempre nuevos para caminar por ella, se inventa a cada nuevo descubrimiento, nos reconforta y nos da un espacio para vivir.
La realidad evoluciona, siempre de acuerdo a nuestros sentidos, tornándose en el hogar perfecto para el desarrollo de las ideas, para la búsqueda eterna, interminable del conocimiento, dando siempre algo a buscar y encontrar a la enorme curiosidad de hombres y mujeres. En esta cotidianidad siempre renovada, la vida juega juegos de azar que engolosinan los sentidos y construyen la cultura de cada pueblo.
En este camino que es la vida, aprendemos a verla, a descubrirla con cada uno de los sentidos que nos permiten mantener el contacto con ella y construyen nuestros saberes, ésos que hacen y enriquecen nuestra cultura, la cual, a su vez, nos permite reconocerla y reconocer en ella nuestras acciones, nuestras responsabilidades, retos y compromisos, los pasos que hemos dado.
Así, surge el mayor reto que tiene una sociedad: preparar a sus integrantes más jóvenes para el desarrollo de la que será su vida, basada ésta, en los principios ponderados y reconocidos por todos como aquéllos que son necesarios para una mejor convivencia. Enseñarles y guiarles, pues ellos se han de insertar en la cultura generada por el grupo social, la que les da sustento, y en esta inmersión se les han de proporcionar las herramientas intelectuales para romper los esquemas existentes, impulsando así la evolución y desarrollo tanto individual como colectivo. El destino de toda sociedad es la revolución permanente, el cambio continuo, el libre flujo de ideas, de valores y visiones que permitan siempre andar nuevas rutas, explorar todas las posibilidades que la realidad nos otorga.
Todo ha de ser cuestionado, puesto a prueba una y otra vez, pues es en esta dinámica de cambio continuo que se garantiza la supervivencia de cualquier entidad, es el sino de la vida, el movimiento constante que le da sentido y rumbo. Entender esto es una responsabilidad del grupo y ha de ser procurada, es de vital importancia, haciendo de la educación el tópico indispensable para lograrlo.
La educación se torna en el motor trascendente que guía las acciones, siempre con la meta de alcanzar nuevos y mejores estadios, donde sus individuos encuentren sus propios afanes y querencias que al final del camino les permitan saber que fueron felices.
La educación se fundamenta en dos pilares, la familia y la escuela. Espacios que son su hábitat primario -no único-, que a fin de cuentas, la virtud del ser humano es que encuentra en cada momento y lugar la oportunidad de desvelar los misterios de la cotidianidad, de esa realidad que nos rodea y nos envuelve en maravillas; es ahí, en ese preciso momento de nuestro encuentro con ella, que se ve reflejada la enorme responsabilidad y compromiso de los profesores, hombres y mujeres que dejan retazos de su vida en la pasión por enseñar, por lograr en sus estudiantes la maravilla del proceso de aprendizaje. Mujeres y hombres que en el hacer y saber, logran el saber hacer, y lo más importante, el hacer saber en sus estudiantes, para que al paso del tiempo colocarse a un lado del camino para verlos crecer, desarrollar nuevos conocimientos, ser los hombros para que los gigantes intelectuales puedan subir en ellos y atisben los fragmentos que la realidad tenga a bien regalarles; haciendo visible lo invisible, fragmentando lo indivisible y haciendo del infinito (de todos los infinitos) herramienta para tener mejores condiciones de vida.
Sin lugar a dudas, es en la familia en donde se han de colocar los cimientos en los cuales los profesores harán su tarea, convirtiéndose en los receptores del futuro de cualquier nación, ellos han de ser individuos que en su hacer sean ejemplo para los nuevos ciudadanos, responsables, solidarios y subsidiarios, que en la profesión que ejerzan se encuentre la disciplina y el compromiso de aquéllos que tomaron la torpe mano para ayudarla a plasmar en papel sus primeras letras, donde nacieron sus primeras ideas plasmadas. En la escuela es donde se ha de formar el pensamiento crítico que deriva en hombres y mujeres que reflexionan y sustentan sus acciones.
Gracias a mis maestros, que al recordarlos siempre hacen surgir en mí la sonrisa poblada de melancolía por las horas en esas aulas mágicas donde todo es posible. Gracias por los retos que dejaron muchas noches en vela. Gracias por la realidad que alguna vez me mostraron y me enseñaron a cambiar. Gracias por las alas de la imaginación y la duda que alimenta mi curiosidad, gracias por los números, las letras y las ideas.
ymahr@yahoo.com
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martes, 17 de junio de 2014

GRACIAS A DIOS POR LA FELICIDAD
Raúl Humberto Muñoz Aragón

Siempre he dicho a mis alumnos que al leer o escribir en realidad estamos desvelando la esencia de lo que somos, independientemente de aquello que escribamos o leamos, siempre en lo más profundo de este acto está el descubrimiento de lo que somos. Es imposible que sea de otra manera; somos en realidad la continuación de miles de millones de hombres y mujeres que nos construyeron genética y culturalmente, en una evolución continua de conocimiento, esto aunado a que somos la suma única, individual, personal de todas las imágenes, los instantes y los momentos por los cuales hemos transitado, hacen de la lectura y la escritura el encuentro más íntimo de nuestra mismidad, de ése que somos.

Lo anterior escrito es razón y fundamento de lo que ahora cuento, y esto que contaré a su vez, origen de la reflexión siguiente (valga el galimatías gramatical)… Ocurre que, hace unos días, mi hija, que sólo tiene dos años, al final de un día particularmente feliz para ella, llena de emoción, estando en la cocina mi esposa y yo preparando la cena, de pronto, con todo el entusiasmo de una vida que se está descubriendo, que se construye día a día gritó con entusiasmo "Gracias a Dios por la felicidad". Seis palabras tan sencillas de nuestro vocabulario que encierran una magia que no deja de sorprenderme y con el deseo inmenso de decirlas también yo… preguntándome incluso si alguna vez las he pronunciado.

La felicidad es todo y es nada, es sueño, anhelo, deseo, temor incluso. Es la envoltura que nos recuerda el chocolate que disparó en nuestras papilas gustativas incontables sensaciones, sacando recuerdos que en nuestra infancia acumulamos. Es la sonrisa de un hijo, la sensación de concluir un gran esfuerzo, la ilusión de un regalo en Navidad, la solución al problema más complejo o más sencillo, es un poema de Sabines, una canción de José Alfredo, el abrazo de una madre, de un padre. Es nuestro reflejo en los ojos de la mujer amada, nuestro primer encuentro, es una sonrisa… es todo, es nada. Está sujeta a nuestra historia personal, tan subjetiva como nosotros mismos; esquiva a veces, a pesar de viajar siempre a nuestro lado desde el día de nacer, primera y última compañía.

Mi felicidad, como la de cualquiera, es producto de múltiples situaciones, circunstancias, acciones, una de ellas los libros. Nada más emocionante que conocer aquél que somos, desvelar los grandes y pequeños misterios de nuestra vida en pedazos de papel, en el eco de las palabras. Es en este azar en que vivimos, construido a partir del caos tan ordenado que nos rodea, que se da la segunda ocurrencia de esta reflexión. Un libro, extraordinario como todos los libros, "Cinco ecuaciones que cambiaron el mundo. El poder y la oculta belleza de las matemáticas" de Michael Guillén. Lectura apasionante, cálida, poética y extraordinariamente reflexiva, retrato fiel del espíritu humano. En sus líneas, nos presenta una de las grandes conclusiones de la ciencia, la plantea que nada es más extraño, exótico, extravagante y antinatura en el Universo que la vida, ya que para que ésta se diera fue necesario una infinidad de eventos que hubieron de ocurrir en un tiempo preciso, con una intensidad adecuada, una duración concreta, un sentido único y una sincronía exacta, tanto que cualquier variación haría imposible su surgimiento.

El conjunto de circunstancias, situaciones, eventos, fenómenos que ocurrieron a lo largo de al menos 10 mil millones de años y que repercutieron en el surgimiento de la vida son excepcionales, derivando en una probabilidad ínfima. La vida es un hecho casi seguramente imposible, pero que ocurrió y ocurre, a pesar de ser un evento finito -quizá único- de posibilidades frente a un espacio de posibles resultados infinito. Esto nos convierte en protagonistas de la odisea más extraordinaria jamás contada o imaginada siquiera, producto de una sinfonía compuesta por el azar -póngale el nombre que desee-.

¿Cómo es que a un grupo inerte de partículas le ha sido posible crear un sentimiento tan abstracto como la felicidad? ¿Cómo es que pueden pensar, imaginar, descubrir, construir, contemplarse, sentir y soñar? La mente humana -la máquina más compleja del Universo conocida por el hombre- ésa que hace que nos planteemos preguntas producto de seis palabras dichas por una niña. Interrogantes que nos dan sentido, que nos posicionan y nos ubican en este concierto que es el Universo, del cual somos parte fundamental, su invento para contemplarse a sí mismo. Tripulantes de un viaje iniciado con una gran explosión que lo originó todo, incluso la felicidad, ésa que nos invade al presenciar la danza de colores que el crepúsculo nos da en este nuestro hogar. Vengan pues los momentos de felicidad, de tristeza, de soledad, de encuentro… y demos gracias por ellos.

ymahr@yahoo.com
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miércoles, 30 de abril de 2014

Los peligros de la (¿mala?) educación

Los peligros de la (¿mala?) educación
Raúl Humberto Muñoz Aragón

He aquí que algunos pocos dijeron: “sea el conocimiento para los menos…” y surgió la simulación, la cual se ha multiplicado en forma exponencial desde entonces, siempre en detrimento de generaciones de niños y jóvenes que hoy tienen un futuro trunco, limitado, coartado producto de una pobre formación académica; la educación hoy es producto de mercado y se cotiza en las bolsas de valores del mundo como una mercancía más, una industria que hace “hombres” a medida, hacedores, maquiladores de las ideas de otros que no entienden y mucho menos comprenden.

La educación escolarizada se ha tornado en botín de “empresarios” que no emprenden nada, algunos de ellos solo en busca de un mercado seguro, cierto y con miras muy lejos del compromiso leal y honesto de los grandes educadores que han dejado y aún hoy dejan su espíritu en las aulas; aquellos hombres probos pierden espacio cada día, siendo apartados por individuos “mejor preparados” que encuentran refugio en instituciones educativas ante los embates de una sociedad más competitiva, donde el entorno mundial se convierte cada vez más en algo doméstico, cercano, competitivo.

Hoy el mundo viene hasta nuestra casa a competir por espacios, buscando una añorada calidad de vida “moderna” que impone ritmos y cánones que se vuelven por momentos muy difíciles de alcanzar, al menos si no se cuenta con una preparación adecuada, que permita enfrentar los grandes retos de hoy, que exige líderes que tengan claro y preciso los destinos que desea alcanzar, que en la claridad de sus objetivos avance en su consecución, creando para ello los nuevos caminos que otros han de seguir, que esté preparado para la vida de hoy. Este escenario hace que el compromiso por alcanzar altas cotas de preparación formal académica sea pleno para todos y cada uno de los individuos de este momento histórico y, a la par, magnifique el daño que algunas instituciones hacen al no asumir su compromiso de educar.

Una educación equivocada es altamente peligrosa, pues al término, generará individuos con expectativas personales que no podrán cumplir, profesionales generados al vapor con un esfuerzo mínimo, eso sí, con títulos rimbombantes, “gigantes de pies de barro”; derivando en una escases de conocimientos, una cultura pobre, un desconocimiento de los tópicos importantes y relevantes de las áreas de conocimiento que están inmersas en la profesión estudiada, carentes de una visión humanista.

Las instituciones educativas pareciera que se han convertido en guarderías, donde niños y jóvenes son llevados con el único fin de que se encuentren en lugares seguros en los que quizá puedan aprender algo “útil”, donde sean “productivos” o al menos que no engrosen la deshonrosa y triste lista de “ninis”. Estamos inmersos en un sistema educativo creado para dar respuesta a las necesidades de una sociedad industrial, donde la demanda por individuos que supieran hacer era fundamental, hoy la sociedad es otra muy diferente; un sistema educativo que le da un alto aprecio a las matemáticas y al español, siendo estas las asignaturas más importantes y lamentablemente las menos efectivas, pues nuestra comprensión matemática y nuestras habilidades de lectura y escritura se encuentran en niveles ínfimos, haciendo menos los aspectos humanistas que dan sentido y cohesión.

La multiplicación de los centros educativos ha sido importante, creciente y para ser honestos y claros, necesaria; lo lamentable es que este crecimiento no está ligado a un desarrollo real de la educación en México, ni ha contribuido a una calidad académica real que genere individuos preparados realmente. Muchas de estas nuevas instituciones tienen un objetivo claro y preciso, convertirse en un centro que genere ganancias económicas, hecho que no es ni un “pecado” ni incorrecto, lo grave es cuando ese es su único fin, dejando de lado la formación adecuada de sus estudiantes, sin proporcionar buenos salarios a sus profesores, sin inversiones adecuadas en instalaciones y en tecnología educativa de vanguardia, con programas académicos obsoletos algunos o “novedosos”, tanto que no tienen futuro real.

Educar es sin duda el motor que puede despertar a una sociedad, sacarla de su marasmo, convertirla en un ente crítico, activo, comprometida consigo. Este es el “otro peligro” de la educación, al menos para aquellos que buscan preservar el statu quo –y que quizá estén facilitando el surgimiento de “empresas de la educación” que se encargan de producir ciudadanos acríticos–, habrá que luchar por hacer realidad este escenario, que el oficio de profesor requiera de niveles más altos y comprometidos con el afán de facilitar el aprendizaje, hombres y mujeres que se encuentren en la cima del aprecio de la sociedad, con niveles de vida dignos, pues ellos son los grandes hacedores. Para ello hay que cuidar el futuro de nuestros hijos, cuestionando a aquellas escuelas, colegios, institutos, universidades y demás que nos ofrecen espejitos que al final serán triste espejismo, ilusiones rotas, futuros truncos, individuos limitados. Es menester echar fuera la simulación en el sistema educativo nacional.

ymahr@yahoo.com
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jueves, 3 de abril de 2014

No tengo dudas... sólo tengo juguetes

No tengo dudas… sólo tengo juguetes


Raúl Humberto Muñoz Aragón

Mi esposa es psicóloga; una apasionada de la psicología y sus diferentes ramas si es que he de ser más preciso; interesada siempre en saber tantos por qué, que inevitablemente me recuerda esa etapa en los niños –pensamiento que se refuerza cuando si algo la hace reír, su carcajada es tan franca como toda la libertad con que ella es, sin importar más nada–.

A esta pasión, la psicología, se suma a otro de sus mayores afanes, los niños –afán que se magnifica y potencializa con Miranda, sí, nuestra hija–, Ali, mi esposa, es una personas culta e inteligente, capaz de entablar conversación con personas de las más diversas condiciones y situaciones; en todas ella su empatía es tal que logra establecer lazos de comunicación que suelen ser muy efectivos; haciendo que su labor en las aulas y en la clínica de resultados exitosos. Su profesionalismo y su capacidad de encontrar lo sorprendente y maravilloso de cada individuo la hacen altamente competente.

Todo lo citado anteriormente tiene un propósito, lo menciono porque he de iniciar mi construcción con un par de anécdotas que harán claro aquello que quiero contar, al menos eso espero. La primera, ocurre que un día, estando ella con un grupo de niños preparando una dinámica –esas que se inventan los psicólogos para ver espíritu y mente de sus pacientes–; ya les había entregado el material de trabajo y les estaba indicando las instrucciones a seguir, eran tres o cuatro niños que atentamente escuchaban las instrucciones que Ali, muy sesuda y empáticamente les hacía. El más pequeño, en aquel entonces de sólo tres años, aunque ansioso por iniciar el juego, no perdía detalle de lo que le estaba indicando su maestra, no sin que sus manos y mente ansiaran iniciar una actividad que prometía el momento tan anhelado de diversión.

Una vez concluida la exposición de mi esposa, ella, les pregunta a los pequeños si tienen una duda; todos, salvo el más pequeño, contestan que no; él en cambio, con la mano levantada en demanda de atención urgente, enfrentando un dilema que no alcanza a entender del todo le contesta “no tengo dudas… sólo tengo juguetes”. He ahí la mágica visión de un niño, que en su respuesta va la síntesis de nuestra primera visión del mundo, uno en que las dudas se pueden permutar por juguetes, que a fin de cuentas nada más lúdico que el conocimiento; la sorpresa y la maravilla de descubrir lo que en derredor nuestro hay es inigualable. Las palabras de Whitman en el sentido de que su educación era perfecta hasta que la escuela la echó a perder es una sentencia clara, precisa, cierta.

Jugar con la duda, convertirla en interrogante que, como un rompecabezas, nos lleve a conocer nuevo derroteros para esto que se llama realidad, donde el conocimiento y la creatividad –ese pensamiento divergente que está en todos nosotros nos puede dar respuestas diferentes y con ellas explorar nuevos caminos que nos lleven a mejores destinos– son destino.

“Duda” es una palabra que en su haber tiene connotaciones no muy gratas, incómodas, esotéricas e incluso un poco negativas; es está permuta por “Juguete” pude regresarnos, recordarnos lo grato que es aprender, y que a veces, en la escuela, nos enseñan a odiar tanto, que a los pocos que aún tienen el valor de conservar ese placer por aprender los llamamos “ñoños” o “nerds”, y a veces, como padres, queremos todo, menos un hijo “nerd”.

¿Qué pasaría si…? Esta es la segunda anécdota, y es un juego que mi esposa y su hermano, cuando pequeños, jugaban con su madre –profesora con un alto compromiso y empeño por facilitar el camino a los niños para alcanzar el conocimiento– en los viajes diarios a clases, que a fin de cuentas media hora hace posible el convertir dudas en juguetes, haciendo de ellos el vehículo perfecto para aprender. Solo hay una regla, dar por sentado que, por aparentemente absurda que sea la pregunta, hay que contestarla como si fuera verdad inobjetable y en consecuencia contestar… Así si la pregunta es ¿qué pasaría si la Luna fuera de queso?, habría que contestar todas las posibilidades que eso implicaría, hasta elucubrar de qué tamaño sería la tortilla para hacerla quesadilla o el número de ratones que podrían comerla o, encontraríamos que en verdad la Vía Lactea es una gran proveedora de leche que hace posibles tales tamaños de queso, y quizá una mordida a la Luna sea una experiencia plena para los sentidos.

Parecería absurdo, pero estos cuestionamientos tienen una potencialidad enorme para desarrollar ese pensamiento divergente, creativo, que tanto hace falta. La locura es necesaria, ella debe alimentar el ritmo de la vida. Los locos que enfrentan molinos de viento, que construyen castillos en el aire son quienes nos han de salvar de esta realidad tan inequitativa que nos tiene aletargados…

¿Qué pasaría si hiciéramos de “Imagine” una profecía escrita en algún trance en que Lennon visualizó su futuro?, un presente cercano y posible para nosotros; quizá hoy estaríamos trabajando en hacerla realidad… “…Imagine all the people living life in peace (…) Imagine all the people sharing all the world. You may say that I'm a dreamer, but I'm not the only one…”


ymahr@yahoo.com

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lunes, 31 de marzo de 2014

Caducidades de la vida

Caducidades de la vida

Raúl Humberto Muñoz Aragón

Nos hemos alejado tanto de la infancia que hoy es una pantalla la que educa, la que comunica, la que abraza. Dejamos de disfrutar a los hijos por el enorme afán de “darles una vida mejor”, sin tener muy claro que significa lo dicho, haciendo, por consiguiente, que la búsqueda sea infructuosa.
Buscamos afanosamente los mejores espacios educativos para ellos, lugares que hagan de ellos individuos exitosos, y hemos dejado de alimentar y cuidar el más importante, el hogar, la familia, esa, que hoy está tan caduca que nos enfrascamos en redefiniciones que son absurdas, sin sentido; a fin de cuentas pareciera que ha pasado de moda y debemos actualizarla, envolverla de modernidad, hacerla “políticamente correcta”, y hemos olvidado que es ahí donde aprendemos a ser mejores o peores seres humanos, donde vivimos, o más bien, deberíamos vivir con base en lo correcto, donde la norma sean los valores.
Hoy el dinamismo, las inquietudes, ese deseo inacabable por saber, la maravilla de descubrir cada “todo” que la vida les presenta a nuestros hijos nos abruma, nos angustia, nos genera un complejo de culpa que nos abate por el abandono en que la vida actual nos condena y esto nos lleva a seguir siempre fuera del hogar en la eterna búsqueda por una “vida mejor para ellos”, argumentamos que la calidad es mejor que la cantidad, que los olvidamos, y esa etapa tan fructífera se torna en tormento, es tal nuestro olvido de nuestra propia infancia que al torrente a veces irrefrenable –quiera Dios que siempre sea así– de los niños que lo hemos etiquetado en trastornos, pues en buscar “lo mejor para ellos” es preferible que algún profesional los aletargue, los convierta en los zombis de la Sociedad del Conocimiento, esa que no acaba de llegar y que solo ha generado más y más ignorancia.
Hemos olvidado que nada había mejor que el hogar, ese espacio donde el calor de la familia siempre nos arropaba, donde la mirada atenta de mamá nos protegía siempre, y a su lado la fortaleza de papá.
Vivimos preocupados permanentemente, preocupados por el bullying, por los trastornos alimenticios (obesidad, bulimia, anorexia), por la violencia, por las drogas, porque los refrescos han subido un peso más, por la corrupción, por la ignorancia, por la preparación para el futuro… un futuro que no existe y que siempre será eso, futuro, o lo que es lo mismo, posibilidades, las que nosotros decidamos, las que hoy construyamos, y que mientras no nos ocupemos, seguirán siendo preocupación por todo.
Nuestros hijos van a recibir golpes, algunos ligeros, otros no tanto, se caerán y se levantarán para caer nuevamente, no podemos evitarlo, pero si podemos darles las herramientas y las certezas de que pueden sortear con éxito esta maravilla que es la vida. Que el primer bullying que sufrimos, lo vivimos en la familia, en la casa, cuando nos dicen “no puedes”, “no sabes”, “eres un tonto”, “eso es cosa de niñas”… e iniciamos un proceso en que ponemos etiquetas que limitan. Cuando decimos que “eso no son problemas” le damos un golpe que frena, que coarta, que limita, que trunca; ocurre que los niños a los tres años, todos son genios, tienen en su potencialidad la capacidad de construir cualquier cosa; la pregunta es ¿qué hemos estado haciendo para que todo ese potencial se pierda?, ¿cuántos de nuestros miedos y frustraciones les legamos día a día, con ausencia y presencia?
La edad no nos hace obsoletos, ni maduros, ni sabios; la edad es lo que hacemos con lo que de nosotros han hecho, que construimos con el infinito número de posibilidades que nos da día a día la vida; en este punto, los niños nos van ganando, pues tener un dragón, un hipopótamo, una cebra y un dinosaurio con quien convivir es patrimonio diario. ¿Cuántas vidas hemos truncado hoy?
Hoy es una pantalla la que se encarga de abrazar, las charlas en la mesa, si es que charlamos entre nosotros, es a través de algún dispositivo electrónico, gadget que pone fecha de caducidad a la vida, y que hay que renovarlo constantemente, pues en caso contrario, caducamos con él… sería genial que pudiéramos desenchufarnos al menos un momento, quizá descubramos que ahí, al lado esta nuestra familia, que un solo abrazo real derrumba cualquier problema, que nos lleva al cielo, que nos envuelve en una paz mágica, y eso es amor en su estado más puro.

ymahr@yahoo.com  --- www.facebook.com/ymahr

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jueves, 4 de febrero de 2010

De cómo la maravilla torna en triste ilusión óptica

De cómo la maravilla torna en triste ilusión óptica

Raúl Humberto Muñoz Aragón

Un buen día, sin previo aviso, sin saber bien a bien cómo; la Luna deja de seguirnos. No ocurre al mismo tiempo para todos; algunos, los pocos, tienen la fortuna que los acompañe toda la vida, tornándose en hombres y mujeres excepcionales y por ello indispensables; otros, por el contrario, nunca se dan cuenta de que algún día los siguió, lo olvidan rápidamente.

Tiempo ha, la Luna era una consejera que nos acompañaba noche a noche susurrándonos sus historias, inspirándonos ideas que permutarían en motor del conocimiento, un conocimiento que en un inicio fue poblado de múltiples fantasías, ilusiones, quimeras, sueños, leyendas, mitos y temores que nos alientan a saber, a preguntar, a intentar encontrar el misterio que hace, que al pasear por la noche, la Luna nos siga en el camino, haciendo gala de su danza mágica, misma que ha repetido por ya varios millones de años, desde aquel espacio en el tiempo en que desposó a la Tierra haciendo con ella el binomio donde hoy vivimos.

En ocasiones especiales la Luna incluso se nos presenta por el día, compartiendo su danza con el Sol… esto es así, hasta que un día la olvidamos, la dejamos a un lado porque hay que ser personas “serias”; porque nos han enseñado que no es de adultos eso de escuchar sus historias, y más hoy que la omnisciente Internet, en su canto de sirenas, nos engaña ofreciéndonos aparentes respuestas para todo, dejando la idea implícita de que todo esta resuelto, que no hay más que buscar en sus páginas, blogs, podcast, portales y demás hierbas la respuesta que más nos satisfaga, en detrimento de la verdad, pues esta última pareciera haber perdido su valía en el mundo de hoy.

No preguntes, no pienses, no hables, no sueñes… y así hasta el infinito vamos acumulando tanto “no” en la vida que quedamos sin tiempo para verla. Es más importante hacer, aprender a usar un equipo, una herramienta, un programa, tener la habilidad para ensamblar el artículo en turno; estar preparado para ello y sobre todo, estar entrenado para hacerlo repetidas veces, tantas como sea necesario para no pensar, como ese semi-autómata que denunciaba Charles Chaplin en su emblemática “Tiempos Modernos”. El mundo de hoy pareciera que sólo se enfoca en crear hombres máquina, acríticos, preparados para hacer sin cuestionar, cuyo propósito sea sólo el contribuir activamente en un mercado de consumo ávido siempre de compradores, entre más miserables e infelices mejor.

Cuándo nos damos cuenta que la Luna dejó de seguirnos, hacemos a un lado nuestro afán por preguntar, por indagar que ocurre con lo que afuera hay, las maravillas dejan de serlo y se convierte a lo más en meros fenómenos que ya no requieren de explicación, simplemente están, son; es un retorno al mundo geocéntrico de Copérnico, que al recibir el espaldarazo de Aristóteles nos acompañó varios milenios, donde no son necesarias las preguntas.

La premisa hoy es hacer antes de ser. Sólo ello importa, el pensar es peligroso; el saber se ha tornado para algunos un riesgo. Es necesario romper este modelo, cambiar de paradigma, transitar por el mundo de las ideas, esos “seres pensados” que son alimento necesario del espíritu, el verdadero maná del cual han de beber las sociedades y culturas de hoy, de ayer, de siempre.

Defender el statu quo, crear individuos que dejen de ver más allá de sí, que en su obsesión por tener dejen de buscar su esencia es el mayor riesgo para una sociedad, que sin movimiento en sus estructuras sociales estará condenada al fracaso; la educación debe ser el motor de un cambio destinado a romperlo.

Las universidades deben recordarnos que en verdad la Luna si nos acompaña en la noche, dejándonos ver el reflejo del Sol que siempre está presente, aún en la noche más oscura o en el día más nublado; es necesario que nos llenen de dudas, de interrogantes, de misterios antes que de respuestas.

ymahr@yahoo.com