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lunes, 18 de agosto de 2014

ENCUENTROS / Raúl Humberto Muñoz Aragón
Es menester, para una vida digna, luchar día a día por no perder la infancia en nosotros; a pesar del paso de los años que sólo acumula edad y al no entenderla, nos tornamos más amargos. Es menester ver el mundo con los ojos de niño, que a fin de cuentas ése es el mundo más cierto, hoja en blanco que sin prejuicios lo disfruta a plenitud. En esos ayeres de nuestra infancia, están las certezas; todo es posible siempre, sólo es cuestión de decirlo, desearlo o pensarlo.










Tiempo ha, en mis primeros once y doce años, en los últimos años de mis estudios en la primaria, en la Escuela España, una joven maestra, Rosa Elena, a mí y a otros cuarenta niños, se afanaba por hacernos de conocimiento, nos descubría aquellos elementos que serían el pilar de nuestra formación académica. En sus clases, ya hacia el término de ellas, algunos días (afortunados días pienso), ella se encargaba de descubrirnos el mundo de la mejor manera posible, con la imaginación, desarrollando en nosotros la avidez por saber más. Los últimos minutos de la clase, nos contaba historias, relatos sorprendentes, mágicos, en los cuales aprendíamos del mundo; otros días, nos pedía a nosotros escribir las historias o dibujar aquello que nos interesaba. Eran tardes plenas, llenas de todo lo que la vida requiere.
Esas tardes dejaron para mí el amor por las historias y su destinatario por excelencia, los libros, vehículos que nos llevan por el espacio y el tiempo, a través de culturas y sueños de otros, espacio en que las ideas vuelan y se entretejen en la historia de este mundo nuestro, todo esto gracias a ese entrañable y querido salón de clases que nos acogía tarde a tarde a un grupo tan disímbolo de niños y niñas; ahí estábamos todos, desde "el chiquilín" que obviamente medía casi dos metros (más o menos así me parecía a mí en aquel tiempo) o la chica que con el tiempo se transformó en el cisne de los cuentos, o la niña hermosa que era el sueño primero (y para complicar las cosas, hija del profesor de tercero, gigante en espíritu, Tomás de nombre). Y mi maestra, que alguna vez se refirió de quien escribe como un niño muy inteligente pero muy distraído también. Me hizo el día.
Ahí, en la Escuela Oficial España T.V., se creó mi deseo por no perder el niño que alguna vez fui y he sido; en ella se plantó la semilla que germinaría un par de años después, con el primer libro que yo compré con dinero mío: "Fausto" de Goethe, libro en que cualquier calificativo, explicación o descripción se queda corta; a él le siguió "La Divina Comedia" de Dante, del que habría que decir lo ya dicho de la obra anterior, ambas obras son los cimientos de mi vida como lector; a partir de ellos, llegaron otros en los que la magia y lo esotérico serían el tema central.
Me encontraba en un momento en que el deseo por conocer todas las historias posibles sólo era limitado por la escasez de recursos económicos, mas como en toda historia siempre hay vuelcos, sucedió que cierto día mi hermana mayor llevó unos libros a casa; no sé de dónde los sacó, lo que si recuerdo es que formaban parte de una colección de una revista de temas esotéricos, la Colección Duda: los títulos, "Testimonios de lo insólito", "Ovnis en México", "Los colosos de la Isla de Pascua", "Enigmas científicos de todos los tiempos", "Akenaton, el más grande visionario de Egipto", "La enigmática Zona del Silencio", "¿Se puede comer carne humana?", "La Atlántida, ¿origen de la humanidad?", "Nostradamus, el mayor profeta de todos los tiempos", "Hacia la conquista del Universo", "¿Existen los monstruos marinos?", "¿Quién fue usted en su vida anterior?"… todos ellos alimentaron mis fantasías, trajeron una gran cantidad de libros en los que éstos y otros temas similares fueron la esencia, dejando de lado la Literatura por temas más profanos, pero que con el tiempo dejaron en éste que hoy soy un par de cosas importantes; alimento mi devoción por las historias y la duda permanente que me guía a encontrar las fuentes y los orígenes del conocimiento; sí, cierto, me llevaron a Utopía.
Es en este tiempo, cuando me encontraba inmerso en estas lecturas, que llegó "El libro negro" de Giovanni Papini (mi escritor favorito), quien me regresó a la Literatura, y él junto con Kafka, León Felipe y Sabato se convirtieron en los pilares de mi amor por los grandes libros. Tras ellos, llegaron una pléyade de autores y temas que hoy alimentan mis sueños de infancia.
Ciencia, teología, historia, matemáticas, comunicación, educación, divertimento… hoy tengo varias certezas en mi vida, una de ellas es mi pasión por los libros de papel, ésos que se amontonan en la biblioteca que tenemos en casa, donde más de cuatro mil libros hacen nuestro hogar más cálido, lugar en que los sueños soñados por otros nos anteceden y nos presentan al espíritu humano en toda su magnitud.
 http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/988608.imagenes.html

martes, 17 de junio de 2014

GRACIAS A DIOS POR LA FELICIDAD
Raúl Humberto Muñoz Aragón

Siempre he dicho a mis alumnos que al leer o escribir en realidad estamos desvelando la esencia de lo que somos, independientemente de aquello que escribamos o leamos, siempre en lo más profundo de este acto está el descubrimiento de lo que somos. Es imposible que sea de otra manera; somos en realidad la continuación de miles de millones de hombres y mujeres que nos construyeron genética y culturalmente, en una evolución continua de conocimiento, esto aunado a que somos la suma única, individual, personal de todas las imágenes, los instantes y los momentos por los cuales hemos transitado, hacen de la lectura y la escritura el encuentro más íntimo de nuestra mismidad, de ése que somos.

Lo anterior escrito es razón y fundamento de lo que ahora cuento, y esto que contaré a su vez, origen de la reflexión siguiente (valga el galimatías gramatical)… Ocurre que, hace unos días, mi hija, que sólo tiene dos años, al final de un día particularmente feliz para ella, llena de emoción, estando en la cocina mi esposa y yo preparando la cena, de pronto, con todo el entusiasmo de una vida que se está descubriendo, que se construye día a día gritó con entusiasmo "Gracias a Dios por la felicidad". Seis palabras tan sencillas de nuestro vocabulario que encierran una magia que no deja de sorprenderme y con el deseo inmenso de decirlas también yo… preguntándome incluso si alguna vez las he pronunciado.

La felicidad es todo y es nada, es sueño, anhelo, deseo, temor incluso. Es la envoltura que nos recuerda el chocolate que disparó en nuestras papilas gustativas incontables sensaciones, sacando recuerdos que en nuestra infancia acumulamos. Es la sonrisa de un hijo, la sensación de concluir un gran esfuerzo, la ilusión de un regalo en Navidad, la solución al problema más complejo o más sencillo, es un poema de Sabines, una canción de José Alfredo, el abrazo de una madre, de un padre. Es nuestro reflejo en los ojos de la mujer amada, nuestro primer encuentro, es una sonrisa… es todo, es nada. Está sujeta a nuestra historia personal, tan subjetiva como nosotros mismos; esquiva a veces, a pesar de viajar siempre a nuestro lado desde el día de nacer, primera y última compañía.

Mi felicidad, como la de cualquiera, es producto de múltiples situaciones, circunstancias, acciones, una de ellas los libros. Nada más emocionante que conocer aquél que somos, desvelar los grandes y pequeños misterios de nuestra vida en pedazos de papel, en el eco de las palabras. Es en este azar en que vivimos, construido a partir del caos tan ordenado que nos rodea, que se da la segunda ocurrencia de esta reflexión. Un libro, extraordinario como todos los libros, "Cinco ecuaciones que cambiaron el mundo. El poder y la oculta belleza de las matemáticas" de Michael Guillén. Lectura apasionante, cálida, poética y extraordinariamente reflexiva, retrato fiel del espíritu humano. En sus líneas, nos presenta una de las grandes conclusiones de la ciencia, la plantea que nada es más extraño, exótico, extravagante y antinatura en el Universo que la vida, ya que para que ésta se diera fue necesario una infinidad de eventos que hubieron de ocurrir en un tiempo preciso, con una intensidad adecuada, una duración concreta, un sentido único y una sincronía exacta, tanto que cualquier variación haría imposible su surgimiento.

El conjunto de circunstancias, situaciones, eventos, fenómenos que ocurrieron a lo largo de al menos 10 mil millones de años y que repercutieron en el surgimiento de la vida son excepcionales, derivando en una probabilidad ínfima. La vida es un hecho casi seguramente imposible, pero que ocurrió y ocurre, a pesar de ser un evento finito -quizá único- de posibilidades frente a un espacio de posibles resultados infinito. Esto nos convierte en protagonistas de la odisea más extraordinaria jamás contada o imaginada siquiera, producto de una sinfonía compuesta por el azar -póngale el nombre que desee-.

¿Cómo es que a un grupo inerte de partículas le ha sido posible crear un sentimiento tan abstracto como la felicidad? ¿Cómo es que pueden pensar, imaginar, descubrir, construir, contemplarse, sentir y soñar? La mente humana -la máquina más compleja del Universo conocida por el hombre- ésa que hace que nos planteemos preguntas producto de seis palabras dichas por una niña. Interrogantes que nos dan sentido, que nos posicionan y nos ubican en este concierto que es el Universo, del cual somos parte fundamental, su invento para contemplarse a sí mismo. Tripulantes de un viaje iniciado con una gran explosión que lo originó todo, incluso la felicidad, ésa que nos invade al presenciar la danza de colores que el crepúsculo nos da en este nuestro hogar. Vengan pues los momentos de felicidad, de tristeza, de soledad, de encuentro… y demos gracias por ellos.

ymahr@yahoo.com
facebook/ymahr

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martes, 4 de agosto de 2009

Del arte de joder con la pelota
Raúl Humberto Muñoz Aragón


Tiempo de sueños. Múltiples quimeras son lanzadas al mundo. No hay utopías, pues todo es posible.

La infancia es el continuo encuentro. Así, con una pelota, jodiendo la vida a los mayores, se descubre el mundo, un mundo infinito, el cual suele relegarles su protagonismo, dejándoles su actuar para el futuro, cuando ya es demasiado tarde.

Entre Picachu, Play Station, Zelda, Tomb Raiders y demás, va transitando la niñez actual, a la espera de su final en la adolescencia, donde los furores propios de ésta, le hacen perder las maravillas de los primeros años.

En este mundo globalizado, donde la omnipresencia del internet crea "locos bajitos" con afanes de mundos cibernéticos, los sueños de los infantes de ayer, se han vuelto obsoletos. Surgen "niños genios" a diestra y siniestra, orates plenos que creen que la vida hay que devorarla y deciden imitar posturas de adultos.

Los "niños genios", éstos que maravillan hoy en día, no son los Chopin de ayer, que en las creaciones y la magia de su alta sensibilidad nos trajeron mundos nuevos; no, hoy no caben estos genios de antaño, ahora son adultos traumados en cuerpos infantes, estos pequeños genios son los depositarios de los sueños guajiros de adultos del nuevo milenio, de la aldea global, la nueva Babel. Creen que la genialidad es sinónimo de acumulación absurda de datos, mismos que el niño no podrá jamás procesar, por ello nunca será información útil, y cual perico postmoderno repetirá citas, fechas, datos que son de alta inutilidad, en tanto que no pueden ser ubicados en contextos que los validen, que les proporcionen utilidad.

Los "niños genios" de hoy se hablan de tú con las computadoras, son capaces de entender UNIX, ORACLE, TCP/IP y múltiples hierbas cibernéticas; hackers por divertimento, pero han olvidado lo maravilloso que es cazar lagartijas, o traer en los bolsillos del pantalón alguna rana, canicas o un trompo... perdón, hablo de esta infancia mía, y olvido que hoy los trompos son de plástico y bailan solos.

No sé si los bytes puedan suplir la tierra en rodillas y codos; quizá los megas de MP3, JPG, AVI, DOC, sean mejor que una buena resortera, no estoy cierto; trabajo con computadoras hace ya tres lustros y la verdad no suplen en nada los sueños que en mi infancia produjeron unos guantes y un bat de béisbol.

Creo, y esta es mi opinión personal, que la genialidad no está en IQ altos, en datos amontonados en el cerebro, en lenguajes de cómputo. No, la genialidad radica en ver lo que nadie antes vio; en traer a este mundo, tan aburridamente cuerdo, la locura que se esconde en cada rincón. Descubrir que un trozo de madera puede convertirse en la Piedra Filosofal que transmutara madera en vehículo espacial.

Soñar, es necesario soñar en la niñez para recordarle a los mayores que en una caja con tres orificios, puede vivir confortablemente un cordero que se alimente de boababs, salvando así, mundos pequeños, que en la grandeza de su tamaño nos permiten ver tantas puestas de sol como nuestros deseos dicten.

La genialidad nos permite maravillarnos a cada instante, así que es preferible mil veces un buen niño que ande jodiendo el mundo de los adultos con una pelota, a aquellos falsos eruditos que no saben soñar y cubren esta limitante acumulando datos. No creo en genios que no sean capaces de sacar la lengua ante la cámara fotográfica, con el cabello tan disperso que resulte inútil peinarlo, pues impediría el libre tránsito de las ideas. Me aburren los niños genios que escriben libros fríos, plagados de datos que derrochan "erudición" y adolecen de calidez.

Hay que soñar, y de vez en cuando, joder a los adultos con alguna buena pelota y con muchos sueños.

ymahr@yahoo.com